Todas las mañanas estudiosas de aquel año, durante el culto de alienar el peinado de izquierda a derecha, frente al espejo, consagraba unos segundos a ensayar como decirlo. A la hora de pernoctar, vencido por la jornada académica, las horas a su lado y las noches de juego en el vecindario, cerraba los ojos idealizando el momento, planeando la forma de pronunciarlo al siguiente día. Aquella temporada inolvidable del bachillerato, que pretendí sempiterna, estimulado por una insuficiencia extraña, dediqué largas jornadas a lectura poética, aprendí canciones, experimente calores y vacíos, sin tener claros los motivos.
Esa niña, real en los pueblos del pasado únicamente en las separatas del espectáculo del periódico dominical, fue llamativa una vez descendió del bus. Se radicó en la misma calle triste de una compañerita que siempre me agradó; amores de infancia eternizados en un beso. Romances civilizados que concluyen en una relación de mejores amigos. Fue por conducto de ella que saludé a la vanidosa ninfula de hermosura inclasificable. Pasiva y antipática al principio, recibió la amistad ofrecida, que luego aprovechó haciendo realidad las maravillas que dos preadolescentes maquinamos para divertirnos. Atesoraba una capacidad sobrenatural de jugar sin ensuciarse las uñas y de enrojecer finamente sus pómulos sin sudar. Algunas jornadas vimos nacer el día y meditamos al caer la noche, inmunes al aburrimiento, el hambre, el sueño o el cansancio. En las tardes lloviosas disfrutamos entre el frondoso pastizal por el estadio de fútbol. Su pelo indomable se alisaba, su ropa se ajustaba al cuerpo y en mis brazos la escondía de los precoces indiscretos. Supimos aprovechar la confianza que sus padres me brindaron. Fui considerado la única amistad que la muñequita pecosa y de abundantes cabellos dorados merecía entablar en la sociedad de Ibarra. Ese consentimiento familiar nos unió en todo: de parejos en las fiestas, juntos ingresamos al grupo de danzas, al de teatro, a la tuna; hasta dediqué horas a un deporte aburridísimo, que siempre practico con mujeres: el baloncesto.
Se perfumaba con lociones de fragancia a bebe. Prefería los vestidos desaliñados. Sus ojos lloraban trémulos. Lacrimosos emulaban la tierna figura de candy. Sus labios esculpidos para besar, eran esos labios que yo deseaba besar cuando aprendiera a hacerlo, ella fuera grande y usara pintalabios. Fue la primera chica que conquisté sin la intención primate de tener sexo. Sin embargo, a la rubia le interesaba un niño de grado once que jugaba voleibol, a quien no le cautivaron las mujeres de ese colegio.
La tuve a mi lado todos los días, sin la necesidad de explicarle que era la niña más bonita del universo. Me perseguía en los descansos, en los cambios de clases nos refugiábamos entre los guaduales del Instituto, me esperaba a la salida. En las tardes me sacaba a tirones de casa sin terminar la siesta. Cuando ahorraba algunas monedas, le obsequié chocolatinas.
No encontré razonable hacerle saber que esos poemas recitados fueron de mi autoría, inspirados por ella. Si intenté hacerlo, busqué vencer la timidez. Cuando intuía que yo improvisaba la manera de expresarlo, reía nerviosamente, se estiraba, miraba al firmamento azul y dando un giro de bailarina de vals en puntas de dedos, con una seguridad que en muchos años no encontré en mujer alguna, reiteraba su anhelo de ser reina y yo su edecán. Ese gesto de orgullo me dejaba sin aliento.
No encontré razonable hacerle saber que esos poemas recitados fueron de mi autoría, inspirados por ella. Si intenté hacerlo, busqué vencer la timidez. Cuando intuía que yo improvisaba la manera de expresarlo, reía nerviosamente, se estiraba, miraba al firmamento azul y dando un giro de bailarina de vals en puntas de dedos, con una seguridad que en muchos años no encontré en mujer alguna, reiteraba su anhelo de ser reina y yo su edecán. Ese gesto de orgullo me dejaba sin aliento.
A su lado compartí tiempo exagerado sin malestares de huida. El breve espacio que duró, escribí versos en las clases de mecanografía, mensajes en paradas de autobús, dejé señales en cruces de caminos, y aunque su felicidad se reflejaba en mis pupilas y tuve tiempo suficiente para haber contado sus pecas y dedicado a cada una un poema, nunca supe decir eso que ensayé todas las mañanas y todas las noches, deseando retenerla.
Cuando me faltó, entendí que reflejaba ternura, inspiraba amor, y un hombre teme enamorarse de una mujer que domine sus sentimientos.
Cuando me faltó, entendí que reflejaba ternura, inspiraba amor, y un hombre teme enamorarse de una mujer que domine sus sentimientos.
Pese al cumulo incalculable de alegrías, el pastel estrellado en la cara siempre te quita la sonrisa. Viajaba cual gitana, de pariente en pariente, escondiéndose de las penas que marcan los hogares rotos. Se marchó una tarde de noviembre, dejando un número telefónico anotado en el andén, al que nunca contestó…
Las historias inolvidables tienen el punto de partida en la imaginación, donde habitan largos y celosos ciclos en el silencio de la mente. Los años nos hicieron viejos. Las rutas nunca se encontraron. Huía de las redes sociales y de las calles que pudieron cruzarnos. Muchas veces la sentí peregrinando la senda del sueño; me inspiraba un texto y desaparecía. Idealicé su llegada en noches pérdidas, a coserme las heridas del alma, como lo inventamos en las tardes de infancia tirados en un prado identificando la forma de las nubes, contándonos todo.
Leído "El Secreto", la fantasía hipnotizó mis sentidos hasta encontrarla. 10 noviembres después se hizo realidad en un café tradicional bogotano donde usualmente leo. Es la misma. Es perfecta. A hurtadillas recorrí su cuerpo con mirada incrédula. Saludé. Es el complemento de mis pasiones repartidas en camas urgentes. Amaranta tiene sus piernas, Pamela reía con el mismo ímpetu, Ángela fumó la misma marca a escondidas, Lucia tuvo sus labios, Paula su tono de piel, Lorena nació en la misma fecha. Experimento idénticas sensaciones que en la primera juventud a su lado. Pedimos licor. Avanza la noche y sigo sin saber decirlo. Lo tiene tan claro que me dijo al saludar –Flaco, estas igual.
Se expresa con la naturalidad y la sinceridad de nuestro tiempo. Clavo la mirada en mi BlackBerry sin evitar detenerme en sus piernas finamente torneadas. Intento no intimidarla. Bebido el tercer trago se levanta, se dirige al baño. Noto que cambió el cuerpo de niña por el de una mujer adorable al morbo de cualquier hombre. Su cuerpo de guitarra me recuerda a Andrea. Reímos encapsulados en el ahora. Sigue siendo la misma adolescente del colegio, solo que diez años después no le gusta el gordo que juega voleibol. Recordamos, reinventamos, revivimos. Escuchamos a Drexler, el uruguayo.
Soy el mismo, solo que ahora me gusta más que antes.
Soy el mismo, solo que ahora me gusta más que antes.

